Ana Julia Di Lisio

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Chalten.Un valle magico en el regazo de la Patagonia

Posted by Ana Julia Di Lisio on June 28, 2012 at 12:00 AM Comments comments (1)

Las vacaciones del 2005 fueron bastante especiales. Tenia que ir a visitar a mi papá que vivía en Calafate desde hacía unos meses. Llegué a Calafate y luego de hacer los tours obligatorios por esas coordenadas, decidí ir al Charltén. Si bien se dice que es una de las capitales del Trekk, lejos estaba yo de tener condiciones o equipo para embarcarme en semejante travesía. Sin embargo, me atrajo lo remoto del lugar.

Con el bus fuimos atravesando el desierto de la patagonia, poco verde, pero los mejores colores del cielo se contrastan ante lo seco de la tierra. Rápidamente uno piensa en el desierto al ver esos paisajes. Me encantaría saber si siempre fue así. Si siempre fue desierto o después de Roca y su campaña es que se transformó en un desierto aparente.

El verano trajo los vientos secos, potentes, abasallantes. El polvillo revotaba contra las ventanas del micro de a ráfagas, hasta que se calmaba. Me sentí un poco ridíula en el micro ya que todos hablaban otros idiomas menos español. Parece que gente de afuera tiene mas ganas o mas medios para visitar estos tesoros que abarcan nuestros límites argentinos. Quizás no todos saben aún que estos lugares existen y están esperando ser vividos.

De a poco el valle se empezó a evidenciar. Los tintes de verde se fueron haciendo presentes y fuimos cayendo en el embudo. El paisaje fue de ensueño. El Fitz Roy clavaba la postal en un margen, en el centro verde, flores de colores salvajes, montañes en los otros costados. Los hoteles plagaban el predio verde.

Los días terminaban a las 10 de la noche. La luna se veía entre los violetas del atardecer recortados por las montañas desparejas y punteagudas. El silencio absoluto. Las ventanas proyectaban un lugar de ensueño en cada dirección.

Los servicios debían ser satelitales, el agua escasa y se cuidaba como oro. Las provedurías tenían lo necesario sin desbordar en exquisiteses. Rogué que el turismo no se comiera con los años todas estas virtudes.

Luego de una cómoda caminata me encontré con el Chorrillo del Salto, unas pequeñas vertientes que chorrean desde lo alto de la montaña. La piedra parece que se parte y el agua brota, estalla y cae. Me pregunté si ese agua aún sería potable, si vendría de un largo camino deshielándose de las cumbres. Desde antaño habrán esas aguas alimentado a las comunidades del lugar. El verde del lugar era espeso.

A unos cuántos kilómetros del lugar, está la laguna o lago del desierto. Una extensión de agua impresionante, profunda en el medio de la cordillera- como tantas otras. Lo especial de esta, fue que desde este lugar se pueden ver los glaciares que descansan sobre los picos más altos. No se pueden ver desde otro lugar. Masas de hielo petrificadas fagocitando las rocas. Atravesando un bosque se llega a una parte de la orilla de la laguna. La arena es amarilla, finita, delgada y liviana.

En la orilla montones de maderitas, ramitas de colores que el agua escupió y dejó en las costas. Me pregunto cuánto tiempo llevan esas maderitas ahí, de qué fueron testigo. Hoy en día paneles solares transforman la energía. Se intentó conservar la naturaleza y las aguas.

A casi 3000 km de Buenos Aires los lenguajes estaban cambiando. Se cuidaba, se disfrutaba, se compartía austeramente. La naturaleza nos acobijaba del viento y el sol doraba la arena. Parecía pensado como oasis para abastecerse. No necesitaba mucho mas.

Los azules y turquesas son producidos por los minerales de la lava que se depositaron formando las rocas y en los lechos de los lagos. No hay color que podamos inventar que no exista ya. No hay sistemas que no partan de la naturaleza, la ley mayor.

Qué pasó con lo que fuimos, a dónde vamos con lo que no somos. El viaje terminó en Buenos Aires, como siempre. Luchando para encontrar mi valija en el aeropuerto y viendo la manera de llegar a Turdera.

La isla del Sol con la luna en la mochila

Posted by Ana Julia Di Lisio on June 28, 2012 at 12:00 AM Comments comments (0)

Bajamos en la isla después de que un ferry nos haya alcanzado. Viajamos en el ferry que transportaba principalmente a los turistas. Éramos un grupo de aproximadamente de 6 personas en las que nos contábamos a Walter y a mí. Con todas nuestras cosas- que no eran pocas- subimos los cientos de escalones que nos alcanzarían al hostel. Pensé que no iba a poder. Entre la altura y la mochila pesadísima, el sol que empezaba a quemar y yo no me podía sacar la campera. Dejamos las cosas y nos explicaron que la ducha era de agua fría, que si la queríamos caliente deberíamos bañarnos de día con el agua que entibió el sol. Estábamos cansados y un poco sucios, pero de solo pensar en el agua congelada, nos cambiamos la ropa y lavamos la cara. El sol estaba fuerte y el viento era frío y aparecía de a ráfagas.

Juntamos consejos de otros viajeros y rumores que habíamos cosechado y decidimos ir a las plantaciones de habas que abundaban por las laderas de la montañas. El verde se fundía en la roca y los círculos violetas, fucsias y blancos salían a borbotones. Caminamos un largo trecho entre las plantaciones. También había papas por doquier. Abajo se asomaban los ladrillos del Templo del Sol. Estábamos en la parte sur de la isla y su defensa había sido ese templo muchos años atrás. Hay dos islas y dos templos; el del Sol y el de la Luna. Parece que hace mucho no se necesitaba mas que la luna y el sol para poder estar seguro en un lugar. Se honraba al sol y a la luna. Hay días que camino por las noches de Buenos Aires y no me acuerdo si la luna es menguante, llena o nueva. A veces me deleito viendo fotos de la luna como si fuera una maravilla inalcanzable.

Ese día si bien bajamos hasta el templo, nos desalentó tener que pagar para poder entrar al recinto donde estaba. Decidimos verlo desde afuera. Seguimos caminando para poder ver la puesta del sol, del otro lado de la montaña. Nos quedamos esperando ver los diferentes colores que se refractaban esa tarde. Naranjas, violetas, azules, amarillos... Todo contrastaba con el verde oscuro de las montañas y se fundía en el lago que espejaba con ondulaciones todo el cielo. Fue increíble. Fueron 15 minutos de nada, de una nada que es más intensa que tenerlo todo.

Tomamos unos mates y charlamos con gente del lugar. Le preguntamos como hacen para no perderse al caminar por entre las montañas. O mejor dicho, cómo deberíamos hacer nosotros para no perdernos. Nos dijeron que siempre sigamos las plantaciones y que si entornábamos los ojos, veríamos los senderos. Era cierto. Sin embargo, esa tarde nos ayudaron a volver ya que estaba oscureciendo.

Compramos pan y un poco de queso. Sacamos las reposeras de madera afuera y vestidos y tapados con dos frazadas, cenamos. No se usa la electricidad en la isla del sol, no hay luces en las calles, no hay faroles que indiquen los caminos. A lo lejos, atravesando el lago, se podía ver la luz de alguna ciudad que flotaba en el aire, tratando de respirar entre tanta oscuridad. Walter cantaba canciones que yo no conocía. Nuestras reposeras clavadas en las rocas. La nada, la noche, la luna. Todo rodeado por el lago que hacía flotar la isla.

Los aimaras del lugar interactuaban con nosotros y tenían ganas de que los conozcamos. Pero siempre me dio la sensación de que para ellos solo éramos turistas. Las historias seguro las contaron mil veces antes, a otros viajeros que pasaron por el lugar. A la mañana siguiente tratamos de colarnos en el ferry del pueblo, que nos llevaría a Copacabana. Ahí entre ellos vimos un poco más. Las mujeres mandan y tomas las decisiones, pero los hombres dominan con esa actitud de hombres todo poderosos. Los hijos a los 8 años ya son grandes y cuidan a sus hermanos, ayudan en las labores.

Otra cultura, otros colores y otras ropas. Otras creencias y la desventaja económica que muchos ven en ellos. Ellos no necesitan mas. Ellos viven con su sol y con su luna, lo demás son meros destellos de supuesto confort que otras culturas destilaron en sus lugares sagrados.

 

Unterwossen, un pedazo de Alemania en el aire

Posted by Ana Julia Di Lisio on June 27, 2012 at 11:55 PM Comments comments (0)

Fue largo el viaje. En bus por los Andes hasta Santiago de Chile, 50 horas sobre ruedas. Cruzar un océano hasta Madrid. Luego Barcelona, Roma, Chieti, Berlín… Munich y otro aventón a Übersee. Ahí me esperaban para llevarme a Unterwössen.

 

A tientas combiné los trenes para poder llegar. No es cierto que todos hablaban inglés en Alemania. Inclusive en Munich se me hizo un poco imposible comunicarme y entender, encontrar los lugares que buscaba. Me senté contra la ventana una vez que estuve en el último tren. Era el Oktober Fest en Munich y todo era descontrol, cerveza, vestidos festivos y gente borracha que con sus últimas fuerzas intentaba caminar.

 

Al lado un alemán, muy atento, me ayudó a descifrar dónde debería descender. Cuando estimé que ya era hora, esperé cerca de las puertas de bajada. Nadie me ayudaba porque todos pensaban que era de ahí. Una mujer a la que le pedí instrucciones, no pudo creer que yo viniendo de tan lejos fuera realmente hasta Übersee. Se inquietó y en seguida me preguntó si conocía a alguien y casi sin dejarme contestar me ofreció su auto o inclusive su casa para que me quedara. Le agradecí, pero yo me quedaría en la escuelita de vuelo de Unterwössen.

 

Michael me esperaba en la estación y cuando bajé le saqué la lengua. No podíamos creer el reencuentro después de tanto tiempo. Nos abrazamos y me llevó hasta la escuelita. Él ahí enseñaba a volar. ‘Las habitaciones son muy chicas’- me advirtió. Un edificio totalmente vidriado por donde se veían los Alpes Alemanes a todos lados que se mirara. Avioncitos con motor y sin motor subían y bajaban; yo los veía por la ventana. Los pinos en las montañas se empezaban a teñir de amarillos, naranjas, ocres. Todo parecía una polaroid. Un momento de perfección instantáneo congelado. Quería que durara para siempre.

 

Bayern era uno de los reinos por los cuales Alemania se constituyó, como se la conoce hoy en día. Ahí es todo tradición, el lenguaje tiene sonidos diferentes, modismos y frases que no en toda Alemania significan lo mismo. Tuve que aprender algunas palabras aunque sea para moverme por ese pueblito tradicional. Las calles era como en cuentos, las casas rebalsaban de flores y canteros, las casitas con corazones dibujados y sus persianas de madera redondeadas. Caminar por ahí era como estar de visita en uno de los cuentos fantasiosos que mi maestra alguna vez me hizo leer de chica.

 

‘Abrigate que hoy te llevo a volar’- me dijo Michael. Intento entender pero no lo consigo. Quiero encontrar esa milésima de segundo en donde las ruedas del avión flotan con nosotros arriba. Desde el aire la historia es otra. Flotando sólo éramos dos. Y era especial. Investigando los alpes y los colores que del atardecer. Él se esforzaba por decir los nombres de las montañas que nunca memoricé. Los verdes eran más intensos y los lagos turquesas. Esa vez había nevado, así que todo tenía una capa blanca para nuestro deleite. Me preguntaba cuándo planeé todo esto. En qué momento pensé que esto sería posible. Quise tirar las preguntas por la ventana porque pesaban y hacían el aire rancio.

 

Aprendí a acarrear los avioncitos que aterrizaban. Me enseñaron a irlos a buscar en unos autitos a batería Mercedes Benz. Me entretenía con eso y me sentía útil mientras todos trabajaban. Se amarra el avión con un gancho y luego el piloto levanta el ala. Antes de empezar a moverlos, se coloca una rueda ‘postiza’ detrás. Luego el piloto, con el ala levantada del avión sin motor, acompaña cada movimiento lentamente, mientras el auto lo acarrea. Así, hasta llegar al punto de partida. Parten, pasan cortos minutos suspendidos en el aire y aterrizan. Todos los vuelos parecían actos fallidos. Siempre había algo que mejorar. Vuelos cortos de pocos minutos, aterrizajes y partir de nuevo. Pensé en la vida. Nuestros actos, uno atrás del otro. Piezas sin orden que no se sabe de dónde vienen. Una y otra vez. Para volver a empezar.

 

Probé las más ricas y extrañas cervezas. Preparé tortas de manzanas para todos. Estaba tan agradecida. Las tardes con la bici por las montañas y por los bordes del río, volar, el afecto alemán, la inclusión a un grupo de pilotos que se conocía hacía 10 años… Mates argentinos a la orilla del Chiemsee y en la torre de control.

 

Una argentina en las puertas del sol

Posted by Ana Julia Di Lisio on June 27, 2012 at 11:55 PM Comments comments (0)

Amaneció lloviznando y con nubes pesadas que daban la sensación de aprisionarse tanto que harían explotar el cielo en cualquier momento. Estaba en Cusco, sin haber planeado ir.

Supe que Cusco con ‘Z’ significaba ‘perro’ y era como los españoles llamaban de forma peyorativa a la gente de este lugar en la época de la conquista. Aún hoy en día se sigue escribiendo con ‘z’, en especial por los gringos. Cusco es con ‘S’, de ‘saber’, de ‘sol’, dios sol.

Se conoce más el Macchu Picchu que Cusco. Pero sin embargo uno debe llegara Cusco para poder viajar hasta Aguas Calientes que es el pueblo en la base del Macchu Picchu. Se puede ir en Tren o bus o en mini vans y caminar 8km. Hay ofertas de todo tipo y precios para llegar.

Cusco me ofrecía un panorama hermoso de arquitectura colonial y callecitas de empedrado que subían y bajaban. Sin embargo, de a poco intenté adentrarme en la cultura que impregnaba todo. Sentí que me encontré con un vidrio inmenso e impenetrable por donde se veía más allá pero no se podía pasar. ‘Quizás mi aspecto de gringa’- pensé. Fueron muchos años de achaque a esta cultura, de hacerles creer que su color de piel, la textura sus manos, lo espeso de su pelo y sus creencias no eran suficientes ante un europeo ‘modelo’, que todo lo sabía y lo conquistaba.

La ciudad se organiza ortogonalmente, como el sistema español de cuadras más o menos cuadradas, calles principales y secundarias. En el centro una iglesia inmensísima y otra inmensa al costado. Una plaza llena de flores con una fuente. La plaza de Armas rodeada de galerías con arcos de medio punto por los que se pasa para llegar a los comercios turísticos. Todo preparado para el turismo a tal punto que hay remeras que se venden que dicen: ‘no quiero masash, ni pedikiur, ni waxing, ni restaurant, ni tours a MP’. Las ofertas son interminables y constantes al punto del agotamiento. Uno camina y parece que nos ‘tacklean’ con tal de conseguir un cliente. No hay industria en el Cusco. Perú y Lima se alimentan del turismo de Cusco principalmente. Eso explicaría mucho.

Estoy en una plaza de Cusco que no es la principal pero está muy cerca. Hay un hombre parado que camina y mueve sus manos mientras chasquea sus dedos sin parar. La mirada alta, perdida. Las bancas de la plaza están todas ubicadas poligonalmente mirando hacia la frente del centro. En una de las bancas hay un señor que lee el diario y un lustrabotas trabaja sin descanso mientras el hombre, sumergido en su lectura, parece no registrarlo. Acaso aún quedó el sueño de poder llegar a ser un ‘colono’ que disfruta de su tiempo y vida mientras otros se desloman para sostener semejante herejía.

Claro estáque ese hombre, el que lee el diario, luego de dar el ‘sencillo’ o las monedas al lustrabotas, se irá al mercado a ofrecer choclitos con queso a 1 sol o quizás alguna ‘chompa’ para el frío. Las chompas son de baby alpaca, especialmente confeccionadas para gringos o semi gringos como yo.

Pasan y desfilan las ‘señito’ ofreciendo sus cintas de colores alucinantes, hechas de lana en telar, con las más extravagantes combinaciones. ME acosan para que les compre, piensan que tengo dinero solo por parecer gringa.

Buenos Aires está lejos y poca es la añoranza. Cuando aprieta la soledad y el hastío de no pertenecer, una presión enorme en el pecho me aplasta. Pero lejos estoy ya de Baires, que me arropó, me golpeó, me nutrió y empujó.

 

Chieti, la sangre que cruzo el oceano

Posted by Ana Julia Di Lisio on October 30, 2011 at 12:30 PM Comments comments (0)

No era la primera vez que cruzaba el Atlántico. Siempre el amor estuvo incluido en la travesía, pero esta vez además, iba en busca de la tierra que me dio la sangre. Qué mayor amor que atar hilos de una historia de más de dos generaciones.

Nací en el seno de una familia de clase media, trabajadora, donde la ecuación siempre fue ‘a mayor trabajo, mayor cosecha’. Nunca me faltó nada gracias a dios y mi familia siempre veló porque la comida en la mesa sea abundante y nunca falte. Son cosas que me di cuenta con los años, pero detrás de toda esta historia se esconde el ‘hambre’. El destierro pasó a segundo plano cuando en aquellos días la guerra no se medía por lo que se perdía, sino por cuántos días se llevaba sin comer. Mi abuela me contó muchísimas historias, pero mientras ella hablaba yo veía lo que contaba en sus ojos arrugados y brillantes.

De Abruzzo venimos. Chieti, Pescara, Canosa… en fin. Sobre el mar Adriático a la altura de Roma, ni muy norte ni muy sur. Los olivos, la vendimia, las cabras, la agricultura. Se lavaba la ropa a la intemperie y se iba a buscar agua lejos. Los chicos trabajaban a veces más que los grandes y sin chistar. Los pies se clavaban descalzos en la nieve para ir a buscar alguna fruta al cuartito donde se almacenaba todo lo cosechado durante el año.

Miro a mi abuela y el resultado me cuenta su historia, nuevamente. En su departamento de Lomas de Zamora totalmente urbanizado, tiene un cantero de cemento de 40cm de profundidad por 150cm de largo. Es el único lugar de su casa donde tiene tierra, el resto es patio. Ahí cuidadosamente plantó tomates, albahaca, perejil. Todos los sábados cuando la familia se junta- tradición que se mantiene desde que yo tengo memoria, y quién sabe si no se trajo en el bolsillo cuando se subió al barco para cruzar el Atlántico- se come ensalada de tomates, albahaca y ajo.

Fueron 31 días de barco. La ropa se la había robado un tipo cuando iban escapando de los alemanes tratando de cruzar la frontera para poder salir del bombardeo constante. Sólo viajaban con lo puesto. Trocaban bienes con los soldados con las ansias de poder caminar hacia otra frontera para ilusionarse con salvar sus vidas por un rato. La familia unida era un pilar que la guerra puso a prueba. Es increíble que sus vínculos a pesar de la poquísima tecnología hayan sobrevivido. Misteriosamente luego de desembarcar en la reina del Plata, muchos se reencontraron, casaron y buscaron mejores barrios donde poder vivir y seguir cosechando la tierra. Mucho trabajo y sacrificio. La propiedad fue algo casi inalcanzable pero indiscutible. El destierro marcaría todo para siempre. La casa, la propiedad, parece tanto más importante cuando se pisa tierra prestada donde se habla otro idioma y se está tan solo.

Desde Roma tomé el tren más económico hasta Chieti. Fueron varias horas de viaje. Llegar fue escalofriante. Una estación de tren en el medio del silencio y la oscuridad con sólo un foco que alumbraba una chapa que decía ‘Chieti’ en blanco con un fondo azul marino. Peter me pasaría a buscar, ya que sin auto ahí se está perdido. La arquitectura nocturna eran callejones acallados, prolijos y con poca vida. La noche lo apagaba todo. Según Peter, que hace cine, Chieti estaba apagada hacía rato a pesar de la noche y el frío.

La arquitectura, las ondulaciones de verde, los campos cultivados, los mercados en las calles principales. Todo seguía ahí, quizás como mi abuela lo dejó casi 60 años atrás. Según ella, sin embargo, todo cambió y se modernizó mucho. Para mí, estando allá, se respira en el aire una época lejana que ya pasó, pero que sigue resucitando en cada esquina. La manera de hablar, de mirar de la gente. De vestirse.

Tuve que pasar por tanto para llegar al génesis de esta historia familiar que me tocó. Es que se vuelve a empezar, una vez que uno llega al comienzo. Entendí muchas cosas que daba por hechas. No todo viene servido en esta mesa y detrás de cada pan, ahora abundante, se esconde el vacío de los que no tuvieron qué comer.

http://www.diariolatercera.com.ar/detalle.php?articulo=Chieti,-la-sangre-que-cruz%F3-el-oc%E9ano.&tipo=1&documento=7309&sistema=diarios

Trotamundos: Berlin la ciudad holograma

Posted by Ana Julia Di Lisio on February 4, 2011 at 9:55 PM Comments comments (0)

Con la mochila rota que la acarreaba desde Cusco, pasando por Chile y otros destinos, y vuelta a coser en el aeropuerto de Roma, aterricé en Berlín. La noche anterior había perdido el vuelo, dormido en el aeropuerto y pagado 50 euros más para poder llegar a Alemania. Todo parecía tanto esfuerzo, pero yo pensaba en el reencuentro que alivianaba todas las asperezas.

Aterricé en Berlín, a pesar de todo. El silencio invadía absolutamente todo. Lo que se oía muy tibiamente eran palabras raras, un idioma que sonaba como consonantes apiladas unas con otras sin puentes que las unieran. Todos los carteles parecían indicar cosas. Más bien me pude manejar por la intuición, un idioma que parece poco serio, pero que en realidad es el más importante de todos. Llegué al tren y me conecté al sistema interminable de venas ferroviarias berlinesas. Buscaba a tientas siluetas, colores, lenguajes gráficos.

Nadie parecía asombrarse que estuviera suelta por Berlín. Los alemanes parecían tomarme como una de ellos, por mi aspecto ‘gringo’. Nada más lejos que eso. Mi familia es de italianos inmigrantes que muchos años atrás huyeron de los alemanes hacia la Argentina para hacer ‘la América’. Huyeron luego de que Mussolini no estuviera más en el poder y los alemanes, antes aliados, se volvieran en contra de ellos. Como habían sido aliados, los alemanes ya vivían en territorio italiano. Fueron 30 días de barco cruzando el Atlántico, ratas, vómitos, vínculos cortados, mugre, desarraigo, de ‘viajar con lo puesto’.

En mí corría esa sangre cuando caminaba Berlín disimulándome entre los alemanes. La mochila pesaba mucho y se seguía descosiendo, pendía de los últimos hilos que quedaban. Finalmente, llegué a la casa de Johannes, y dejé las cosas para tomar fuerzas y conocer la ciudad.

Tomé un tour gratis que hacen en inglés y español. Nos llevaron caminando por los puntos más emblemáticos de la ciudad. Me impactó la pulcritud, lo que más retumbaba ahora era el silencio, el orden. Los bordes de lo que mirara eran perfectos. Todo en su lugar, meno s el muro- o los restos de lo que queda hoy en día. No es más que pedazos de cemento armado, corroído, devastado por el tiempo y aún, firmes y a la vista, unas columnas metálicas.

Recorrimos la arquitectura alemana, salpicada por la época nazi y otros edificios directamente construidos durante el período donde poco importaban los costos humanos, financieros y materiales a los ojos de los dignatarios nazis para realizar Germania. De repente, estábamos parados en un pedazo de césped, rodeado de una playa de estacionamiento. Todos los transeúntes nos preguntábamos qué hacíamos ahí. Resultó ser que varios metros debajo de nosotros yacía lo que fue el búnker de Hitler, donde años atrás se hubiese suicidado. Hoy en día, es un estacionamiento de autos de uno de los edificios de ahí. Consideran que eso no ‘es importante’. Parecería ser un pedazo de historia al que se intenta sacarle protagonismo ya que a gritos apabulló el mundo.

Berlín fue reconstruida varias veces. Vivió fragmentada y dividida por un muro que separaba sistemas de economía y sociedades. Cuando se levanta el muro, fue de la noche a la mañana- literalmente. Las personas quedaron sitiadas a ambos lados de la ciudad sin poder regresar, transitar o inclusive querer espiar por él. Miles de historias mutiladas por contextos históricos ajenos a ellos. Una cultura que quedó sellada por una mala propaganda mundial.

Mientras caminaba por la ahora bella Berlín, pensaba en el silencio. Las calles despejadas, los turistas recorriendo, buscando pedazos de lo que todos leímos o vimos por la tele. Todo está acallado hoy en día, los vestigios de lo que fue parecen esconderse en cada vereda prolija y estallar en el aire. Los monumentos a los mártires de la guerra intentan acallar el dolor y reconocer que estuvieron allí en algún momento inoportuno de la historia.

 

Trotamundos:Turdera, GBA al sur a la izquierda

Posted by Ana Julia Di Lisio on January 23, 2011 at 2:00 PM Comments comments (0)

Por Ana Julia Di Lisio

Harta de lo mismo, fui a Retiro algún día de mayo de 2007. Tomé el primer bus a Mar del Plata. Sin más que mi mochila y ropas abrigadas, un cuaderno, un par de libros. Todo esto, mi escudo protector.

Disfruté cada pedacito del viaje en bus. Lloviznaba y sólo se veía el contorno iluminado por la luna de las gotas pegadas al vidrio. Llegué demasiado temprano y me revitalizó el cafecito que tomé para alejar el frío sin tregua. Era uno de mis exilios.

El viento pegaba y parecía moldearme en esa tarde gris, prematuramente oscura. En la peatonal descubrí una librería que nunca antes había visto ahí. En la mesa central se desplegaban cientos de libros. Leí ‘Turdera’ en uno de ellos. En la tapa, una foto de la estación de tren de Turdera. No lo podía creer. Paradójicamente, el lugar de donde me escapaba me persiguió sigilosamente, quizás a hurtadillas por la noche hasta encontrarme ahí, en Mar del Plata. Angie, mi profesora de literatura del colegio era la escritora del libro. Era demasiado, todo junto, en ese viaje frío, triste y un tanto escapista.

Angie Pradelli. Cuando Angie entraba al aula de uno de los colegios mas conocidos de Turdera, todo se aquietaba. Sus pasos mudos a través del aula. Un manto de incertidumbre y expectativa que nos acallaba a todas. Yo la veía entrar desde el último banco, abajo de la ventana. Sus blusas amplias se mecían mientras caminaba. Empezaba con sus dictados, ponía a prueba mis ‘nv’, ‘mp’… Parecía sembrar más confusión ante el borde de escribir casi sin pensar. Los informes literarios fueron enemigos que Angie plantó por años, con la promesa de que nos servirían para el futuro. Porque al futuro se le gana con herramientas, paciencia y cintura.

Turdera era lo conocido. Era el colegio, mis amigas, nuestras tardes tiradas al sol hasta la hora de vóley con Carlota. La iglesia donde se casaron mis papás y donde desde mis 3 años entoné mis cánticos dominicales desde el coro.

Turdera es la SEJU, la semana donde cantidad de jóvenes y grandes se juntan bajo la misma búsqueda. Los adolescentes arman carrozas que luego el fin de semana de la primavera desfilan alrededor de la plaza. Todas las carrozas con mensajes esperanzadores, idealistas, para un mundo mejor. Si bien todos los años protesto porque el barrio se plaga de palos, cartones, afiches, todo tirado por ahí. Me consuela saber que todo esto sea porque existe un espacio en un barrio donde los jóvenes invitan a soñar, a pensar en ‘imposibles’ para un mundo mejor a través de sus frases. El trabajo en grupo, el compartir. Todo pasa en Turdera.

Turdera eran las hamacas, los plátanos, los mates. Las caminatas. Sus ejes son los tantísimos colegios, privados y del estado. El club Alumni y la plaza frente a la iglesia donde transcurre la vida social. Los vecinos todos parecen conocerse- y saludarse aún hoy. Hasta charlan en la vereda por las tardes tibiecitas. Muchos de sus habitantes son inmigrantes italianos y españoles en su mayoría. Parecen haber venido a fundar una pequeña Europa, sin bombas. Hicieron casitas de una planta en su mayoría. Muchas son espejadas, porque construían con el fin de que sus hijos tengan también su casa el día de mañana. Y qué mejor que al lado de la familia. Sin embargo, en los últimos años tuvieron que adaptarse y se plagó de rejas. Algunas, rejas atrás de rejas.

La estación del tren, la avenida Yrigoyen, los puentes, Borges, los almacenes. Recién hace poco la línea 318 se animó a andar por sus callecitas, cociendo las 23 manzanas que delimitan con Témperley, Adrogué y Llavallol. La parte comercial descansa sobre la avenida, aunque siempre se puede contar con un almacén cerca o un quisco. La gente aún fía cuando se tiene el pasaporte de pertenecer al barrio.

Las huellas de Borges buscando historias se guardan secretamente. Los lazos en Turdera parecen no cortarse nunca, quedan en suspenso, hasta que nos volvamos a encontrar.

 

(http://www.diariolatercera.com.ar/detalle.php?articulo=-%E2%80%98Turdera%2C-GBA-al-sur-a-la-izquierda%E2%80%99&tipo=1&documento=7128&sistema=diarios)

Trotamundos: 9 de Julio, pueblo grande en sabanas de verde y oro

Posted by Ana Julia Di Lisio on January 14, 2011 at 6:10 PM Comments comments (0)

A menos de 300 km de la ciudad de Buenos Aires, está 9 de Julio. Un pueblo rural por la Ruta 5, pasando Mercedes.

El sol pegaba fuerte en unos del los días más calurosos del verano. Pero lo que nos hacía hervir las venas eran Greco y los Redondos sonando en el auto. Los mates que compartíamos mientras viajábamos. Nuestros sueños conversaban entre sí. La estampa nacional se agitaba pensando en los otros lugares a los que pronto mis amigos emigrarían.

El sol sin interrupciones hacía de los campos sábanas doradas que parecían flamear, mientras pasábamos por la ruta a toda velocidad. Filas de verde intenso se pavoneaban por las manchas doradas y amarillas pegadas a ambos lados de la ruta. El pavimento hervía mientras dejábamos atrás la ciudad. El calor fogueaba las ilusiones de lo que vendrá. Todo y nada parece dejarse cuando uno se embarca en el mejor proyecto de nuestras vidas. Los afectos.

Mabel nos recibió a todos. Nos estaba esperando con la mesa preparada, los platos tendidos y la comida casi lista. Los ñoquis descansaban sobre la mesada, todos empolvados con harina. Las verduras, el pan y la sobremesa eterna marcaron ese 31 de diciembre.

A pesar de lo feroz del sol, salí a caminar. Descubrí que las veredas de 9 de Julio están clavadas por bancos de plaza en cada entrada. Algunos fuera de escala. Unos forjados, de hierro, de madera, de mosaicos, de cerámicos partidos. Todos funcionan como enredaderas que conectan a los vecinos entre sí. Testigos de mateadas y charlas, la vida social aún transcurre en sus calles.

‘9 de Julio’ se llamaba el campamento militar del coronel Julio de Vedia que se instaló en el lugar en pos de extender la línea de la frontera en épocas de conquistas, allá por el 1860. Finalmente, se crea el partido el 27 de Octubre de 1863.

Hoy en día 9 de Julio cuenta con 45.737 habitantes ocupantes de sus 423.000 hectáreas- de las cuales 390.000 son para la producción agrícola ganadera. Principalmente se cultiva maíz, trigo, girasol y soja. Además, cuenta con unos de los autódromos más grandes para la categoría TC. Una laguna enorme rodeada de un parque verde e intenso.

Su arquitectura es de una sola planta y el 70% de sus calles son pavimentadas, donde se entretejen las vidas de la gente. Sin embargo, en el corazón de este pueblo grande, se mece una historia. Su nombre antes de la colonización era ‘Tres lagunas’, o mejor dicho, ‘Cla.Lauquen’ del cacique Calfucurá.

‘Tres lagunas’ responde a la historia de dos hermanos indígenas que se enamoran de la misma mujer. Ante tal hecho y la imposibilidad de ambos de quedarse con ella, se baten a duelo. Los aguerridos hermanos mueren. Sus cuerpos muertos provocan pozos en la tierra que la lluvia fue llenando, formando dos de las lagunas. La última laguna corresponde a la enamorada, que al enterarse de la muerte de los hermanos, cae muerta de espanto y desesperación. Allí mismo y por las mismas causas, se formaría la tercera laguna.

Entre el verde y el dorado está sitiado este pueblo grande, donde los aires parecen ser los de hace 20 años atrás. Cargados de quietud, melancolía y charla entre desconocidos, parecen pasar sus primaveras.

Ana Julia Di Lisio ([email protected])

http://www.diariolatercera.com.ar/detalle.php?articulo=Trotamundos%3A-%E2%80%989-de-Julio%2C-pueblo-grande-en-s%C3%A1banas-de-verde-y-oro%E2%80%99&tipo=1&documento=7055&sistema=diarios

Trotamundos: 'Buenos Aires, todos tus muertos'.

Posted by Ana Julia Di Lisio on January 5, 2011 at 5:15 PM Comments comments (0)

'Subimos al tren o al auto todas las mañanas y miramos el mismo paisaje que de tanto transitarlo, nos parece obsoleto y algo desanimado- más aún si hay piquetes. Una vez cuando la vida no proponía rutinas fijas, me dejé tentar por la idea de ser turista en mi Buenos Aires querido y aporreado.

 

Un domingo visité el cementerio de la Recoleta en el mismo barrio que su nombre anuncia. Me encontré con un predio cerrado, como una caja sin tapa. Sus paredones son macizos de ladrillos y altísimos. Sin embargo, desde afuera pueden verse las alas, los torsos, inclusive cruces y adornos de las bóvedas ornamentadas.

Estando adentro ya, parecía como si las miles de tumbas hubieran estallado ahí adentro. Una al lado de la otra, altas, extravagantes, sitiadas por otras bóvedas vecinas que hacían fuerza por entrar.

 

Su historia comienza cuando el 1º de julio de 1822 con la expropiación del jardín del convento de los monjes Recoletos durante el mandato de Bernardino Rivadavia. Así tuvieron la necesidad de convertirlo en un cementerio público donde todos serían enterrados allí, sin importar la clase social. Lo llamaron ‘Del Norte’, haciendo alusión al lugar geográfico de su ubicación, respecto de la ciudad de Buenos Aires. Su inauguración fue el 17 de noviembre de 1822.

Los primeros restos en descansar allí fueron los de Juan Benito, hijo de esclavos. Hay indicios de que no se sabía qué hacer con los restos mortales de las personas, ya que empezaban a aparecer por la ciudad sin ser reclamados por nadie. Fue el único cementerio con tal función hasta que se inaugura el de la Chacarita en 1866.

 

Luego de 5 años de su inauguración, se debe extender su superficie en 1827 por primera vez. La gente fallecida era enterrada en fosas con una cruz de madera simple y rústica.

A medida que recorría el cementerio ese domingo, notaba que los nombres en las bóvedas son de próceres o gente muy influyente de la época, dueños de un poder adquisitivo alto. Ellos son mayormente los dueños de estos aposentos celestiales que los guardan, siendo de su propiedad privada e intransferible. Los nichos, en cambio, pertenecen al Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y su usufructo se renueva anualmente.

 

Se dice que se han perdido referencias de muchos de los que fueron enterrados allí, antes de su remodelación en el año 1881. A partir de ese año, se reconstruye con bases arquitectónicas a cargo de profesionales del rubro.

 

Recién en 1945 fue bautizado como lo conocemos hoy en día ‘ de la Recoleta’. Se dice que la mayoría de sus habitantes silenciosos se conocían entre sí. Amantes, camaradas, nietos, hijos, compañeros de estudios, enemigos. Todos descansan juntos en esta necrópolis citadina, clavada en una ciudad que respira y late a su alrededor.

Hoy en día la plataforma blanca con picos marmolados y voluptuosos, cuenta con 54.842 metros cuadrados, 65 cuidadores que caminan sus callecitas y posee 27 secciones. El costo de una bóveda ronda los 54.000 dólares. Se puede visitar todos los días de 7 a 17.45 hs. De hecho, recibe 2000 visitantes diarios.

 

Ana Julia Di Lisio (mail: [email protected])

Publicación del día 6/1/2011 en el diario La Tercera (http://www.diariolatercera.com.ar/detalle.php?articulo=Buenos-Aires%2C-todos-tus-muertos&tipo=1&documento=7007&sistema=diarios)


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